EL VALLE DE SOBA (1).

Don Manuel Sainz de los Terreros, persona muy respetable,-á quien no tengo el gusto de conocer, pero de cuyos patriotismo é ilustración, poseo noticias autorizadas y una prueba de las más convincentes, su obra laudabilísima- ha publicado El muy noble y leal Valle de Soba, en el cual, con un deseo grande de que todos sepan qué historia tiene y qué gentes y qué cosas encierra aquel pedazo de la Montaña, va contando al lector cuáles son las condiciones y cuál es el aspecto de aquel país bellísimo, cuáles sus riquezas, cuántos sus santuarios, cómo las costumbres de sus habitantes, por qué caminos se comunican, qué ríos le humedecen, qué límites le cierran, de cuáles maneras se gobiernan los sobanos, cómo andan en punto á ilustración, á donde llegaron en hechos historiables sus ascendientes, quiénes de éstos se distinguieron por sus méritos… Libro es éste que honra como la obra mejor á quien le ha escrito; que encierra datos curiosísimos, en el que aparece tal como es el Valle, en el que se dice lo que fue en tiempos pasados, y por el que se conjetura los que podría ser en los futuros.

Empieza el libro-escrito, con cariño montañés, «donde nació el autor, donde se deslizaron sus primeros años, donde todos pasa contento algún día refrescando las impresiones de la infancia»; impregnado, ciertamente, del sentimiento del amor patrio,-con el capítulo «Condiciones y aspecto del país». El sitio en que está situado el Valle de Soba, «cuya principal población se condensa al Oriente y en las hondonadas, quedando hacia el SO. grandes peñas, monte y sierras sembrados acá y allá de cabañas de pasiegos»; la vegetación que ofrece, no muy rica en los sitios altos; la variedad y abundancia de calizas en su terreno cretáceo, «muchas de ellas de grano fino y veteado blanco, sobre un fondo gris, cuyos mármoles podrían ser una gran riqueza si estuvieran baratas las comunicaciones»; la causa de las sequías que allí se sufren, que no es otra-y apréndase por acá-que la desaparición del arbolado; la riqueza de los pastos; la bondad del clima; la belleza del país, cuyos sorprendentes puntos de vista con los de muy pocos sitios amenos y ricos en hermosuras naturales pueden ser comparados… todo ello está apuntado, engarzadas hábilmente unas cosas con otras, en el primer capítulo del interesante libro.

La descripción que hace el señor Sainz de esas bellezas que ofrece á la vista Soba, merece que se copie: «Los pueblos, mirándose en las laderas cara á cara ó de soslayo; los distintos tonos de los trigos y maíces entreverados de caseríos, de frutales y praderías; el fondo morado de las sierras manchado por grupos de castaños y de robles; bosques de madroños en los sitios bajos, de hayas en los más encumbrados, asomándose por encima las imponentes cresta blancas de las rocas, forman un conjunto que no puede menos de contemplarse estátivo. Si uno penetra en el valle por las estrechísimas gargantas de la Cubilla ó de Asón, parece que le comprimen las inmensas, elevadas rocas, que sólo dejan paso al río y al viajero, que en opuesta dirección rápidos se cruzan por el fondo de esas grandes angosturas. El que de Castilla llega al Portillo de los Tornos ó Puerto de San Fernando, muy desprevenido del espectáculo que de repente se le va á poner ante los ojos, quédase inmóvil sin atreverse á dar un paso, temiendo que falte la tierra bajo sus piés; se asoma con curiosidad á ver desde aquella eminencia El Prado y La Calera, asentados en la base de la montaña; tiende luego la vista por la línea blanca que ondulando proyecta por la cañada la carretera en su descenso á la Nestosa; descubre á la izquierda risueñas poblaciones del Valle, y por encima de montañas elevadas, que desde aquel punto parecen pequeñas, registra pueblos y caseríos hasta la costa, cuyos cerros y colinas se ilusiona como montículos formados por alguna generación de pigmeos, y que, cubiertos ya de vegetación, semejan las obras de la Naturaleza, y, por fin, como marco de ese grandioso panorama, el mar cantábrico, aparentemente tan próximo, que puede contar las embarcaciones más pequeñas que le surcan. Si el espectáculo desde los Tornos sorprende, el de Lasía impone, sobre todo escogiendo hora adecuada, la de la puesta del sol, por ejemplo- Entonces, sin esforzar la imaginación, ve como realidad que mientras el sol refleja sobre los más elevados picos, por el centro del valle, por sus cañadas, ruedan las sombras que tienen obscuro lo más hondo, y creciendo, creciendo, todo lo ennegrecen cual si arroyos de tinieblas le fueran rellenando. Pues súbase tarde despejada y apacible al Mazo de San Pedro, y al contemplar casi todos los pueblos del Valle-muy pocos quedan ocultos al observador- se figurará colocado entre dos grandes lienzos en que están pintadas las dos mitades del mismo, con sus propios caracteres y las pocas diferencias que las separan. Si se dirije al Portillo de Lunada ó al Mojón de Zalama ¿qué no ve desde allí? Y no necesita ascender tanto para encontrarse, como las águilas, donde se forman las nubes y las tempestades.

Desde cualquier sitio, pues, desde todos, hay algo que admirar; pero el carácter distintivo es el de los contrastes é incesante cambio de decoración. A cada paso se presenta diferente; unas veces es alegre y risueña, otras melancólica, triste ó solitaria, ya grandiosa é imponente, ya dulce y placentera».

Tales pinturas brillantes, con esos colores tan hábilmente aplicados y distribuídos, con esas pinceladas tan firmes, tan valientes, como pensadas muchas veces viendo aquellos panoramas incomparables; con esos trazos rápidos de impresionista que expresa lo que ha sentido él, no lo que vemos todos; tales pinturas, fidelísimas- y aprecien la fidelidad quienes hayan visto aquello,-cierran el primer capítulo, y en verdad que le cierran bien, que hablándose de Soba, con nada se entretiene más que con la descripción de sus paisajes.

(Continuará).

(1) 262 páginas.-Impresión esmeradísima (Madrid, R. Velasco). De venta en las librería principales.

La Atalaya. Diario de la mañana. Año I. Número 143. Jueves 25 de mayo de 1893.